Soneto 157
El día aquel, si amargo, siempre honrado,
tanto en mi alma estampó su imagen viva
que estilo y juicio no hay que lo describa,
aunque mil veces lo haya recordado.
El porte, de gentil piedad ornado,
su dulce queja, amarga y expresiva,
hacían dudar si era mujer o diva
la que así al cielo había serenado.
Oro el cabello, el rostro nieve ardiente,
cejas de ébano y ojos como estrellas
donde no en vano Amor su arco tensaba;
y, entre perlas y rosas, el pungente
dolor formaba ardientes voces bellas:
cristal
llorando, llamas suspiraba.

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